TERREMOTO EN CHILE

di Jorge Fernandez    

                                                                                                                                      [orig. spagnolo - link trad. italiana]

Hasta hace un año, cuando un joven daba en Chile la Prueba de Selección Universitaria (PSU) la pregunta obvia era: ¿Cómo le fue?

Este año la pregunta es: ¿Pudo darla? Un diez por ciento de los cerca de 300 mil jóvenes que estaban inscritos no pudo rendir el examen por manifestaciones contrarias a la prueba en algunos locales donde se rendía. Inicialmente el examen era en noviembre y fue aplazado dos veces por el estallido social.

Hoy se critica la medición porque el bajo nivel de la educación pública deja en desventaja a muchos jóvenes que llegan mal preparados.

En el trasfondo está el convencimiento de que la universidad es el único camino para tener acceso a una mejor calidad de vida, tema fundamental detrás del estallido social.

Mónica González, premio nacional de periodismo, ha dicho sobre el estallido social. “Fuimos brutal y violentamente indiferentes a una realidad que hoy nos abofetea: la vida poco digna a la que estaban obligados millones de ciudadanos. Su ira se ha transformado en una ola que debemos aprender a convertir en fuerza de cambio real”.

Dicho estallido social sorprendió al gobierno de Sebastián Piñera, líder de una coalición de derecha conformada por los partidos que apoyaron a la dictadura de Pinochet, lo que no es de extrañar porque allí se concentran los dueños del capital, de las grandes empresas, de la industria, la tierra, las mineras, las administradoras de fondos de pensiones, la salud privada más un variopinto grupo de pequeños y medianos empresarios y comerciantes que adhieren  al modelo económico de mercado imperante en Chile. Lo singular fue que también sorprendió a los partidos políticos de oposición, que van desde la Democracia Cristiana hasta el Partido Comunista, incluyendo nuevos grupos conformados por la izquierda del Frente Amplio. Por qué no decirlo, también sorprendió a parte importante del país que aún no socializaba su molestia.

Los muros de la ciudad fueron el diario mural donde se puede leer “No son treinta pesos (los del alza del pasaje del Metro, que motivó la airada reacción de los estudiantes con que comenzó el estallido social). Son treinta años”.

Buena frase publicitaria que contrasta con los datos duros. Chile en

30 años (1990 a 2017-2018) bajó la pobreza desde un 39% a un 8,6%.  La pobreza extrema de un 13% a un 2%. La inflación de 22% a 2%.  Por el contrario, el ingreso del 10% más pobre de 100 base subió a 439%. La desigualdad (Gini) bajó de 0,54 a 0,45 (todavía muy alto). El gasto en educación subió de 2,3%  del PIB  a 5,4%. El gasto en salud del 1,7% del PIB a 4,9%. La cobertura preescolar subió del 35% al 90%. El porcentaje de población sin educación bajó de 4,9% a 2,7%. El agua potable urbana aumentó de 90% a 99%. El agua potable rural aumentó de 48% a 94%. La esperanza de vida subió de 73 años a 79. La mortalidad de los menores de 5 años  bajó de 19 por mil a 7 por mil. El embarazo de adolescentes bajó de 66 por mil a 41 por mil. El gasto militar bajó de 3,4 % del PIB a 1,9%. La recaudación de impuestos subió del 13% del PIB a 21%. Las estaciones del ferrocarril metropolitano aumentaron de

41 a 136. (Fuente Cepal/ Banco Mundial).

Las cifras hablan de un país en progreso, pese a que en febrero de

2010 sufrió un terremoto 8.8 Richter, el segundo más destructivo de su historia, que además estuvo acompañado por un maremoto. Chile es uno de los países más sísmicos del mundo, debido a su ubicación en el llamado cinturón de fuego del Pacífico. Su población desde temprana edad aprende a convivir con los temblores. Sin embargo, todos saben que predecir un terremoto es algo que la ciencia no ha logrado dilucidar.

Quizás, en analogía a ese fenómeno impredecible, al estallido social del 18 de octubre de 2019 se le llamado un terremoto social.

La pregunta obvia es: ¿Pudo éste haberse pronosticado y evitado?

Hubo voces de alerta. En el 2011 el sociólogo Alberto Mayol dijo en una reunión con empresarios que “los desequilibrios generados por el modelo económico en Chile han generado una merma de legitimidad de la institucionalidad política y de la operación del modelo económico de tal magnitud, que se ha generado una fractura de gran tamaño. Solo resta esperar un conjunto de años -cinco calculó entonces- para que esa fractura diera lugar al derrumbe, cayendo en ese acto tanto el modelo como los fundamentos políticos que lo sostienen”. Además, sostuvo que este proceso suponía el aumento de la intensidad de la política y que ese aumento provenía de las demandas sociales y las problemáticas de fondo que el modelo había generado en su relación con la sociedad. Y que la forma en que había sobrevivido el modelo era por la existencia de un dique de contención que eran las instituciones, lo que en el marco de un país institucionalista había evitado que el malestar y la operación cotidiana del modelo y la política fueran inundadas. Sostuvo que la caída del dique, la inutilidad de las esclusas, generaron la inundación del sistema político. En este escenario fue que el agua de las demandas, del malestar, colapsó la sala de máquinas. Sin embargo, el efecto es potencialmente importante.

La crisis a nivel institucional es también una puerta para la ciudadanía. Y aparentemente decidieron pasar por ella”.

Manuel Antonio Garretón, otro destacado sociólogo, en 2011 planteaba la necesidad de cambiar el sistema político y el modelo económico.

Según él, la crisis supone un camino donde se va transformando el modelo hasta su modificación, llegando a cambiar la Constitución Política. Nueve años después, el próximo abril del 2020, será consultada la ciudadanía sobre esta materia.

Las alertas de Mayol fueron ferozmente criticadas tanto por la derecha como por la izquierda.  Piñera dijo: “Es el malestar del éxito”.

Sin embargo, durante años hubo expresiones de malestar ciudadano que fueron vistas como situaciones puntuales. Las pensiones, la educación, los temas ecológicos, la salud, las tarifas de las autopistas.

El malestar que recorre el país tiene su origen en el modelo económico impuesto por los “chicago boys” durante la dictadura de Pinochet.

Modelo que trajo indicadores de progreso pero que también provocó un cambio cultural que, como el choque de las placas tectónicas, hace estremecerse al país.

Antes de la dictadura se tenía conciencia de que éste era un país chico de gente educada, amable y hospitalaria. La escritora y periodista Elizabeth Subercaseaux escribe que en la clase alta “…la sobriedad no era una cuestión de más o menos plata sino de actitud, tenía que ver con las aspiraciones, con la forma de vivir, con el tipo de casas que se construían, con la manera de tratar a un subordinado, con la cordialidad, con el respeto por las ideas de los demás, hasta en el lenguaje. Existía la moderación aunque se tuviera plata. Lo ostentoso no estaba en la psicología del chileno de antes”. Mientras los presidentes Alessandri, Frei y Allende vivieron en sus modestas casas de toda la vida, Pinochet hizo construir un palacio en el barrio más caro de Santiago: “Casa de los presidentes”. Hoy es un club militar. La autora hace un contraste entre esa cultura que nos distinguió durante siglos con lo que tenemos ahora.  “La pompa y los lujos innecesarios no formaban parte de nuestra manera de ser y de vivir. En los años de la sencillez las casas de la gente rica eran buenas casas – los ricos siempre han vivido en buenas casas- pero más sobrias, lo necesario para vivir confortable, dentro de una cierta elegancia sin resplandores ni artificios que algunas familias- pocas- conservan hasta hoy”. Acusa: “Hoy abundan los ejemplos de groserías, malos modales, hombres que tratan mal a subordinados y levantan la voz cuando alguien no atiende pronto a sus deseos”.

Durante diecisiete años de dictadura un grupo social se apropió de las empresas del Estado e impuso un modelo político, económico, social y cultural que cambió a Chile y a los chilenos. Pero además dejó ataduras de todo tipo: desde la constitución hecha entre cuatro paredes hasta el sistema de pensiones privado. Nos quedamos con la búsqueda desenfrenada del lucro como leiv motiv.

En ese nuevo Chile democrático, la molestia se fue apoderando de las gentes por los más diversos motivos. Los bajos sueldos y las bajas pensiones. Las colusiones de los empresarios del papel, de las farmacias, de los pollos y otros. El desvío de dineros de los empresarios a los políticos (castigados solo con clases de ética). La mala atención en la salud pública, la pésima calidad de la educación pública. Los políticos que financian sus campañas con platas brujas.

El desastre que fue la implementación del sistema público de transporte llamado Transantiago. El milicogate (el millonario fraude de platas estatales al interior del Ejército); el pacogate (fraude al interior de Carabineros), la ley de pesca (con gran lobby de las grandes empresas), la ley reservada del cobre, que destina grandes sumas de la venta de cobre a las fuerzas armadas. Los ciudadanos se sienten estafados por las subidas de la cuenta de la luz y agua y por las escandalosas condiciones dadas a los concesionarios de las autopistas. También afecta el saqueo del litio (a cargo de empresa liderada por un yerno de Pinochet). En un país con tasas históricas de endeudamiento familiar, provocan urticaria las ganancias de los bancos. También indigna el saqueo del agua potable, que está en manos privadas y el que recientemente la derecha haya rechazado en el Senado el proyecto que consagraba el agua como bien de uso público).

  Otros males sociales que indignan son el femicidio (412 víctimas en los últimos 10 años) y el alto nivel de la delincuencia.

Chile mantiene una gran desigualdad, con una mayoría de trabajadores ganando el sueldo mínimo, mientras entre sus empresarios hay varios en el exclusivo grupo de los más ricos del mundo. Mientras tanto, la derecha se opone a la rebaja de la jornada de trabajo a ocho horas diarias (40 semanales) y a subirle los impuestos a los más ricos.

Una vez más, como sucedió antes durante el siglo XX , la gota que rebalsó el vaso fue el alza en la movilización pública. El terremoto social comenzó con el aumento del precio del Metro y los jóvenes llamando a evadir. Luego siguió una escalada de manifestaciones pacíficas con millones de personas en la calle y también ataques violentos contra el metro (quemaron 20 estaciones y 41 tuvieron diversos daños) y locales comerciales destruidos (supermercados, farmacias, bancos, etc).

El terremoto social fue enfrentado de la peor manera por el gobierno, insensible a las causas del estallido, el modelo económico y el rol subsidiario del estado. Los Carabineros, mal preparados para enfrentar a millones de personas en las calles, en la represión han ido violando sistemáticamente los derechos humanos, lo que ha sido denunciado por la ONU y otros organismos independientes.

No es de extrañar entonces que en la capital la gente haya bautizado la plaza pública donde se han desarrollado las manifestaciones en la capital como la “Plaza de la Dignidad”.

La salida política ha sido llamar a un plebiscito para consultar a la ciudadanía si quiere una nueva constitución. A la que la derecha llama a votar negativamente.

Mientras tanto, las protestas siguen y no faltan los motivos.  Las mujeres aportan con las críticas al sistema. Inspiradas en un colectivo llamado “Las Tesis” reúnen a miles cantando: “El violador eres tú”, haciendo así publica su protesta por la desigualdad de género y el maltrato que reciben. Una puesta en escena que se ha viralizado por todo el mundo, replicándose en decenas de países.

Lo último ha sido el intento por boicotear la prueba de selección universitaria, que ha logrado la suspensión del examen en diversas regiones, buscando poner en tela de juicio un sistema de selección que se estima clasista y elitista.

[Desde Santiago de Chile]

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