ARAUCANIA: COSMOVISIONES OPUESTAS

di Jorge Fernandez         [trad. italiana]

Escribo una novela situada en las últimas décadas del siglo XIX donde la familia protagonista se instala en terrenos de la frontera (así se llamó la zona habitada por los mapuches) que el gobierno de Chile recién incorporó plenamente al territorio nacional después de lo que eufemísticamente llamó la “Pacificación de la Araucanía”. Ciertamente es más fácil entender lo que sucedía entonces cuando, a sangre y fuego, el Estado- Nación venció a quienes se oponían a que su territorio ancestral pasara a tener otros propietarios venidos del norte o directamente de Europa. Fue la época cuando cientos de colonos comenzaron a trabajar la tierra regalada por el gobierno para producir lo que el país y sus habitantes necesitaban. Chile empezaba a ejercer soberanía sobre todo su territorio, creaba infraestructura e incorporaba a todos los habitantes como ciudadanos. La cultura dominante lograba imponer sus términos a los conquistados.

Con la vuelta a la democracia en 1990, la sociedad chilena comienza progresivamente a enfrentarse a las históricas reivindicaciones de los pueblos indígenas, demandas que el Estado reconoce habían sido postergadas desde el inicio de la construcción del Estado-Nación. Derechos culturales, políticos, económicos y sociales de los pueblos originarios que habían sido relegados a un segundo plano, cuestión en la cual los propios afectados se conformaban, viviendo la mayoría de ellos por años en la pobreza. Quizás una de las mayores contradicciones es que la Araucanía fue la única región del país donde Pinochet ganó en el plebiscito.

Decía que me resulta más fácil entender lo que sucedía hace 140 años, no solo por los abusos, engaños y humillaciones, sino sobre todo por el evidente choque entre cosmovisiones muy distintas. Los mapuches que no conciben al ser humano sino en contacto y en relación con la naturaleza, sus árboles, ríos y bosques, la madre tierra. Por ello la tierra es parte de la vida y el hábitat natural en que se desarrolla la familia y la comunidad y no un bien de producción. Los mapuches no conciben la idea de representación política y el estar supeditados a un gobierno central. Desde nuestra percepción son anarcos, viven en comunidades que se abastecen con sus propios recursos y usan el trueque para complementar lo que necesitan. Ellos no acumulan, más bien viven al día o a lo más para la temporada. Tienen mucho mercado, comercio e intercambio, pero sin la búsqueda de excedentes utilitarios. Eso explica la especial relación de las comunidades con la tierra y su hábitat, que para el mundo occidental son tierras agrícolas destinadas a la productividad. El tema de la tierra, en consecuencia, no es un problema agrícola para los mapuches; las tierras forman parte de su existencia y cosmovisión.

Naturalmente esto chocó con la cosmovisión del resto de los habitantes del país, incluyendo las etnias originarias que se habían integrado extendiéndose a lo largo del territorio y que adhirieron a la concepción imperante en la sociedad cristiano occidental, para la que el ser humano es el centro de la vida y el fin absoluto de la creación. El hombre es el centro del universo, la naturaleza está a su servicio y él pasa a ser el dominador de ella. Así, quienes llegaron a la nueva zona que se incorporaba al territorio nacional buscaban generar riqueza, producir alimentos y aprovechar la riqueza maderera. El Estado aportó con la infraestructura: los caminos, el ferrocarril, los puertos, telégrafo.

¡Qué distinta la manera de ver e interpretar el mundo de los mapuches a la de los chilenos! ¡Dos formas antagónicas de situarse en el mundo!

Hoy Chile tiene un modelo neoliberal. Es a ese modelo al que se oponen hoy los descendientes de quienes habitaban ancestralmente esas tierras entre los ríos Bío Bío y Toltén, conscientes de los despojos y atropellos de parte del Estado.

Ellos encontraron en las empresas madereras un símbolo de la guerra del neoliberalismo contra los indígenas. Unos pocos tomaron las armas y comenzaron a atacar a las empresas, prendiendo fuego a los camiones y maquinarias agrícolas. Decenas han sido quemados, también empresas de diverso tipo, incluso viviendas. El caso más dramático fue la muerte de una pareja de agricultores que murieron cuando su casa fue quemada. Ahora los autores están detenidos y condenados, a lo que se rebelan realizando huelgas de hambre.

Las respuestas del Estado a estos ataques incendiarios fue una ofensiva policial, pero varios montajes policiales y el asesinato de comuneros mapuche aumentó la tensión en la zona.

Actualmente, ataques esporádicos exigiendo la liberación de los que llaman presos políticos siguen teniendo graves consecuencias. Camiones y vehículos particulares son el blanco de estos ataques. En la carretera Longitudinal Sur, una niña fue baleada mientras viajaba al interior del camión de su padre.

El miedo aumenta y los ánimos se han ido crispando. Incluso gente común ha salido a las calles a gritar contra los mapuches y la xenofobia gana terreno en una de las regiones más prósperas de Chile.

Según dice el senador Francisco Huenchumilla, de la etnia mapuche, la solución es política: “Hay que aceptar la existencia del pueblo mapuche como actor político dentro del Estado; también, consecuentemente, del resto de los pueblos indígenas. Aceptar que existen pueblos originarios anteriores a la formación del Estado. Y aceptar esta realidad implica cambiar la estructura del estado- nación a un estado plurinacional, lo que necesariamente debe verse reflejado en el pacto político que es la Constitución. Más del 90% de los estados son plurinacionales y esto no tiene nada que ver con la unidad política de los mismos, sino con su estructura sociológica”.

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